Bielorrusia: luchando por la democracia

Bielorrusia: luchando por la democracia

El año 2020 ha sido hasta ahora un año tumultuoso: con protestas en todo el mundo. Una pandemia mundial que ha llevado a la peor recesión de la historia desde la Gran Depresión ha exacerbado las disensiones políticas en muchos países. Países como los EE.UU. o muchos de Europa parecen estar cerca de su punto de inflexión. Pero para Bielorrusia, parece que ese punto ya ha sido alcanzado.

Tras las últimas elecciones presidenciales del pasado mes de agosto, la oposición política bielorrusa se ha lanzado a la calle para protestar contra la renovación del mandato de su presidente, Alexander Lukashenko, quien lleva 26 años en el poder. El principal motivo de estas protestas a gran escala que se están desarrollando por todo Bielorrusia es la supuesta manipulación de los resultados de las elecciones presidenciales por parte del gobierno bielorruso. Pero después de cinco semanas consecutivas en las que más de 100.000 personas se han lanzado a las calles y con tres líderes de la oposición exiliados, encarcelados o a los que se les ha prohibido presentarse a las elecciones, estas protestas se han convertido en algo más que eso.

¿Cuándo se ha convertido la situación en Bielorrusia en una bomba de relojería a punto de explotar? ¿Cómo ha pasado Alexander Lukashenko de ser uno de los personajes más queridos de Bielorrusia a ser un dictador sin escrúpulos a los ojos de su propia gente?

Nacido el 30 de agosto de 1954, Lukashenko se convirtió en presidente de Bielorrusia en 1994, ganando las primeras elecciones democráticas celebradas en el país tras la caída de la Unión Soviética en 1991 (fue el único miembro del parlamento que se opuso al acuerdo que condujo a su disolución). Aunque se presentó como un líder eslavo carismático y optimista que prometía al pueblo bielorruso un Estado de bienestar aún mejor que el que tenían bajo el régimen soviético, en realidad, Alexander Lukashenko siempre promovió unos lazos más estrechos con su vecino ruso y se ha desenvuelto como un líder autoritario e impredecible desde el principio.

Pero el ciclo de acusaciones y protestas subsiguientes se ha repetido durante varios años. Reelegido en 2001, Lukashenko supervisó la aprobación de una controvertida enmienda que le permitió buscar un tercer mandato sólo tres años después. También ganó las elecciones de 2006 en medio de acusaciones de manipulación, y de nuevo en 2010 provocando la desaprobación de muchos líderes europeos. Una vez más, en 2015, obtuvo una victoria abrumadora contra una oposición simbólica, a pesar de que la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa observase “problemas importantes” en el proceso electoral.

A fecha de 2020, ha habido dos décadas de gobierno afectadas por la intervención y la manipulación del proceso electoral. Los intentos de detener la oposición política se han vuelto más evidentes; un líder de la oposición que ha sido encarcelado, exiliado o se le ha prohibido presentarse a las elecciones. Para colmo, la forma en que Lukashenko ha enfrentado la pandemia de Covid-19 ha dañado enormemente la economía belarusa y el bienestar social del pueblo. No debería sorprender entonces que esto haya provocado lo que ahora es la mayor ola de manifestaciones públicas en Bielorrusia desde el colapso de la Unión Soviética. Más de 7.000 personas han sido arrestadas hasta la fecha y muchas han sido heridas en enfrentamientos con la policía.

Si bien muchos países de la Comunidad Europea han expresado públicamente su preocupación por la situación, Polonia ha demostrado ser el principal aliado del pueblo bielorruso dando a algunos de los opositores exiliados, financiando medios de comunicación independientes al gobierno y ofreciendo hospitales y asistencia médica a quienes han sido torturados o han sufrido agresiones a manos de las autoridades.

Alexander Lukashenko ha rechazado hasta ahora cualquier llamamiento a la reelección, catalogando a los manifestantes como “ratas controladas por extranjeros”. Incluso ha buscado más de cerca la ayuda de Vladimir Putin para hacer frente a esta crisis nacional. Nadie sabe cómo terminará esto, pero lo que es seguro es que el pueblo de Bielorrusia sólo ha empezado a levantarse a favor de su democracia, y sólo el tiempo dirá si llegará a su objetivo o se verá obligado a guardar silencio.

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