Una ruta Una franja, ¿Un nuevo modelo?

Cuna de comercio, tránsito de ideas y procuradora de innumerables cuentos y leyendas del lejano Oriente; la conocida Ruta de la Seda vuelve a resurgir una vez más en la historia, de la mano del gigante asiático que es China. Una iniciativa comercial, geopolítica y geoestratégica que cuenta ya con el apoyo de más de medio continente asiático, y que no deja indiferente a Europa. 

Desde sus orígenes en el siglo I antes de Cristo, hasta su reapertura con el imperio mongol de Gengis Kan en el siglo XI, la Ruta de la Seda ha permanecido intacta a lo largo de todo el desarrollo de los países que la conforman. Pero, ¿qué tiene que ver esta antigua ruta con la nueva propuesta económica de China? ¿Qué tienen en común Pakistán, Italia y Yibuti? ¿Y Perú, Grecia y Sri Lanka? En pocas palabras: globalización económica. 

La propuesta presentada por el gigante asiático en 2013, denominada “The Belt and Road Iniciative” (BRI) o Una franja Una ruta, propone el desarrollo de una Ruta Económica de la Seda (Silk Road Economic Belt) y una nueva Ruta Marítima de la Seda (21st Century Maritime Silk Road), con el objetivo de propulsar la cooperación económica en más de 43 países por todo el mundo. La iniciativa ha sido diseñada con la intención de ensalzar el flujo de factores económicos entre los países, así como una distribución eficiente de los recursos entre los mismo ya que proporcionan, de acuerdo al gobierno chino,  una mayor integración en el mercado.

El objetivo último de este ambicioso proyecto de Xi Jinping es el de unir comercialmente a los continentes de Asia, Europa y África a través de seis corredores comerciales que abarcan grandes zonas del mundo ricas en energía y recursos: 

  1. New Eurasia Land Bridge: comprenderá un ferrocarril hacia Europa a través de las regiones de Kazajistán, Rusia, Bielorrusia y Polonia. 
  2. China, Mongolia, Russia Economic Corridor: unirá entre sí los tres países por ferrocarril añadiendo la carretera de la estepa, que enlazará con el puente terrestre.
  3. China, Central Asia, West Asia Economic Corridor: comunicará las regiones de Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Uzbekistán, Turkmenistán, Irán y Turquía. 
  4. China Indochina Peninsula Economic Corridor: Vietnam, Tailandia, la República Democrática y Popular de Laos, Camboya, Myanmar y Malasia. 
  5. China, Pakistan Economic Corridor: parte de la región china de Xinjiang. Comunicará la histórica ciudad de Kashgar (integrada en la antigua Ruta de la Seda) en Xinjiang, con la ciudad pakistaní de Gwaddar; un puerto marítimo mayoritariamente utilizado para el comercio y operaciones militares.
  6. China, Bangladesh, India, Myanmar Economic Corridor: este es probable que avance más lentamente debido a la desconfianza en la zona ante las tensiones entre China e India.

Las economías que participan en la nueva Ruta de la Seda representan más de un tercio del PIB global, y casi la mitad de la población mundial. Mientras que la inversión en infraestructura es un aspecto clave de esta gran iniciativa económica, China afirma que sus objetivos son mucho más amplios, ya que abarcan todos los aspectos del crecimiento sostenible para sí misma e incluyen un crecimiento regional más equilibrado, así como un crecimiento económico más ecológico en el país. De esta manera, la nueva Ruta podría contribuir en gran medida a los objetivos de desarrollo sostenible para 2030.

El gigante asiático también ha clarificado en repetidas ocasiones que su hincapié en la conectividad dentro de Una franja Una ruta se refiere tanto a la facilitación del comercio y la inversión, y por lo tanto al desarrollo de los países vecinos. Aumentar el comercio y la inversión, crear zonas de libre comercio a lo largo de la Ruta de la Seda, mejorar la cooperación financiera en la región para financiar la infraestructura, mejorar el acceso a los recursos naturales y profundizar los intercambios culturales a lo largo de las diferentes regiones son solo algunas de las medidas propuestas por el gobierno chino para avanzar en sus objetivos a largo plazo.

Pero, ¿cuáles son las motivaciones de Xi Jinping para construir esta enorme Ruta Económica? 

Para empezar, esta integración más en profundidad puede otorgarle a China una mayor influencia sobre otros países y una mayor capacidad para guiar el desarrollo del sistema económico internacional: como la expansión de sus mercados de exportación, la promoción del Renminbi (RMB) como moneda internacional y la reducción de las fricciones comerciales producidas por los aranceles y los costes de transporte. Más aún, el desarrollo y la conexión de la infraestructura dura con los países vecinos ayudará a reducir los tiempos y los costes de transporte. El establecimiento de una infraestructura blanda con los países asociados permitirá que se comercialice una gama más amplia de bienes con menos obstáculos reglamentarios.

Por otro lado, el aumento de la cantidad de comercio, inversión y conectividad entre China y los países de toda Eurasia también hará que estos países sean más dependientes de la economía china, aumentando la influencia económica del país sobre ellos y pudiendo capacitarle para dar forma más fácilmente a las reglas y normas que rigen los asuntos económicos de sus vecinos. Desde la perspectiva de China, la inversión en lugares estratégicos como Gwadar ayudará a diversificar la red de transporte de China para recursos naturales críticos como el petróleo y el gas, lo que podría ayudar a reducir la dependencia de las rutas comerciales, como el Estrecho de Malaca, a través del cual China recibe actualmente gran parte de su petróleo y gas. 

Y, por último, la Ruta también puede ganarle beneficios políticos a China. Pekín podría explotar su generosidad financiera para influir en las políticas de los países socios a fin de alinearlas con sus propios intereses, en particular en ciertos países de Asia Central y Meridional que carecen de un Estado de derecho sólido.

Ahora llegamos a la pregunta que todos nos estamos haciendo desde el principio. Y es, ¿cuál es el papel de Europa en la iniciativa china? 

La mayoría de los países que, hasta ahora, han avanzado en sus lazos económicos con China pertenecen a la Europa del Este (Central Eastern European Countries). Todas ellas conforman un total de 17 naciones europeas que tienen algún tipo de entendimiento en la nueva Ruta Económica de China. Estas son: Bulgaria, Croacia, República Checa, Estonia, Grecia, Hungría, Estonia, Lituania, Polonia, Rumanía, Eslovaquia y Eslovenia. Adicionalmente también se han ido sumando Albania, Bosnia y Herzegovina, Montenegro, Macedonia del Norte y Serbia.

Mas aún, el New Eurasia Land Bridge se encuentra entre la UE y China, y tiene fronteras con Estonia, Finlandia, Letonia, Lituania y Polonia; e incluye los países de Armenia, Bielorrusia, Kazajstán, Kirguistán y Rusia. En una de las últimas visitas de 2019 a Bielorrusia, el gobierno chino ya está supervisando la construcción de una segunda pista en el aeropuerto internacional de Minsk para facilitar más carga y muchos de los parques industriales financiados por ellos comienzan a llenarse de empresarios chinos con el ojo puesto en el mercado europeo.

Actualmente, a pesar de la que la mayoría de los Estados miembros ya se han lanzado a la iniciativa del gigante asiático, Francia, Alemania y España, entre otros, continúan rechazando la oferta de participación en este proyecto. Por su parte la Unión Europea ha propuesto su propio proyecto colaborativo con Japón el pasado septiembre, mientras que a la vez colabora bilateralmente con China en el desarrollo de su nueva Ruta de la Seda. Europa deberá decidir si se mantiene en el lado simpatizante de Estados Unidos, a la vez que equilibra sus acuerdos comerciales con China y controla su recelo a depender sobremanera de las capacidades comerciales del gigante asiático; todo ello sin quedarse atrás en la nueva revolución tecnológica y económica. Una travesía que se plasma en un futuro cada vez más nublado y con nada certero. Lo que sí está claro es que Xi Jinping ha reabierto la Ruta de la Seda en Europa y, esta vez, lo ha hecho para quedarse.

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