Good bye, Lenin!

Año 2020. Vivimos un periodo que creemos de cambios. Sin embargo, nos levantamos y en el fondo nuestra vida siempre será la misma: cómoda y sin atropellos. Nos enfrentamos a retos diarios y superamos obstáculos, sí, pero siempre nos encontramos bajo la misma atmósfera. Creemos en el sistema en el que nos ha tocado vivir, pero no lo apreciamos como deberíamos. Damos las cosas por sentadas por una sencilla razón, es lo único que conocemos. Ahora bien, ¿Qué ocurriría si todo aquello que nos rodea cambia súbitamente? ¿Si todos los problemas se convierten en nimiedades porque tú mismo te ves sumido en un proceso ya no solo de comprensión de un entorno extraño y hostil, sino también de autoconocimiento? Se trata de un profundo sentimiento de existencialismo que puede llevarte, o bien a una revelación y un alivio, o bien a una frustración que te arrastre inexorablemente a los infiernos del nihilismo.

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Año 1989. Christiane Kerner es madre soltera en una República Democrática Alemana (RDA – Alemania Oriental) que huele a anarquía. Toda su vida ha estado dedicada al socialismo y a sus hijos, únicas fuentes de cordura para su débil espíritu escondido tras una fachada compuesta por un cuerpo robusto y una personalidad fuerte. Su marido había huido como muchos otros. Una mujer atractiva, con gran personalidad y dispuesta a ofrecerle una vida feliz con multitud de oportunidades, fue razón suficiente para abandonar a aquella que, pese a intentarlo, llevaba tiempo rota por dentro como para convertirse en aquella bella mujer que estaba llamada a ser. Sería un ataque al corazón en plenas revueltas del Berlín del otoño de 1989 lo que la haría sucumbir y caer en coma.

A diferencia de la RDA, Christiane sobreviviría a la crisis y despertaría milagrosamente ocho meses después. Fue un corto letargo que la inmovilizó – incluso la protegió –  de los cambios que ocurrían en el exterior a una velocidad que hacía pensar que lo que existía previamente no merecía consideración.

Good bye, Lenin! (2003), cuenta la historia que existe detrás de la caída del muro de Berlín. La historia de la victoria del Capitalismo sobre el Comunismo, de Occidente sobre Oriente, pero, sobre todo, la historia de Christiane, sus hijos, y de todas aquellas personas que vieron como el mundo que existía a su alrededor se vio desmoronado. A través de sus personajes, el director Wolfang Becker nos cuenta las distintas caras de un hecho histórico que no puede, ni debe, ser reducido a una sola versión.

La hija de Christiane, Ariane, comienza a trabajar en un Burger King, inicia una relación con un alemán occidental y se deja liberar – no atrapar – por las diferentes culturas de un mundo hasta ahora desconocido. Mientras tanto, su hijo Alex seguirá con su actitud rebelde e inconformista. Rechaza lo nuevo, pero no puede evitar verse inmerso en las nuevas dinámicas del mundo capitalista. Sin embargo, un difícil reto en su vida le dará la oportunidad de mantener, en cierta medida, un último y artificial resquicio de la atmósfera de lo que fue la RDA: su madre ha despertado y, debido a su frágil salud, no puede sufrir sobresaltos. El amor de su hijo, unido al amor mutuo ya no tanto por lo que el socialismo alemán fue, sino por lo que pudo haber sido, le dan la energía suficiente para iniciar una aventura idealista más propia de El show de Truman (1998) que de los rudimentales medios audiovisuales disponibles en el Berlín Oridental: hacerle pensar a su madre que el Muro no cayó y que viven en una RDA que acoge una ola de refugiados de una Alemania Occidental en crisis.

La hazaña pronto se desvela como compleja, pero eso no frena a Alex. Por un lado, siempre será el hijo rebelde, fiel al socialismo, pero no tanto al sistema. Por otro, vive una vida de pareja con Lara, una joven soviética que reconoce la importancia de ser consciente del nuevo mundo en el que se ven sumidos sin tener que renunciar a sus ideas.

El mundo cambia tan rápido que él no puede crear su particular escenario a la misma velocidad. Se verá sumido en un desasosiego alimentado por los escasos apoyos que recibe en su aventura. Llegados a un momento nos preguntamos ¿Por quién o por qué está realmente Alex diseñando esa fantasía?

La originalidad, la documentación, la fidelidad, la honestidad e incluso la ternura con la que se tratan los hechos narrados, unidos al tono tragicómico aportado por el director, convierten a Good bye, Lenin! en un imprescindible ya no solo del cine europeo, sino de la historia de ese cine que aspira a algo más que a entretener, sino a retratar, como si de un lienzo se tratase, una realidad social hasta entonces parcialmente considerada tabú.

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