/Reivindicación contra el olvido/

Escrito por: Nicole Pretell

Ojalá me recuerdes siempre así,

ojalá me encapsules en tu 16 de noviembre,

y este día tenga como etiqueta mi nombre.

Ojalá me recuerdes siempre así,

con la sonrisa desteñida, las medias rotas,

la bufanda por los suelos, las alas cortas.

Ojalá me recuerdes siempre así,

con el alma al aire, la cabeza en la lluna,

con todas las emociones a punto de explotar en los labios,

con todas las palabras medidas con lupa,

escribiendo este poema antes de que me dé la una.

Ojalá me recuerdes siempre así,

aunque la distancia se interponga entre nosotros,

y las cartas extravíen nuestros sentimientos.

No me quieras siempre así,

pero recuérdame como hoy,

como nunca;

porque en alguna parte de mí,

-y en alguna parte de ti-

siempre seremos quienes fuimos este frío 16 de noviembre.

(Inspirado en Suave es la noche de Francis Scott Fitzgerald.)

Letras. Palabras. Literatura. Según José Saramago, la distancia entre lo que fue una persona y lo que se recuerda de ella es literatura. Quizá por eso nace la urgencia de escribir, porque nada nos hace más humanos -y más nosotros- que nuestros recuerdos.

Al final cualquier escrito se convierte en una flor en el campo del olvido. Cada persona, si se escribe sobre ella, se convierte en alguien imposible de olvidar.

Es otra forma de trascendencia. De lucha por la autoconservación. Esta fui yo y estas fueron las personas que tocaron mi memoria. Los escritores, humanos con destacada urgencia, conocen bien la naturaleza de ciertas flores y nos invitan a sus jardines. Nos regalan su pensar, poniendo en marcha y a prueba nuestros pilares mentales con historias, que, reales o no, siempre arrojan luz sobre algo que antes estaba escondido dentro de nosotros.

Francis Scott Fitzgerald en la película “Midnight in Paris”

Al principio he escrito un poema inspirado en un texto de Scott Fitzgerald, uno de los mayores representantes de la literatura europea del siglo XX. Cuando pienso en su jardín me imagino un campo inundado de altas rosas azules con algo de escarcha por encima. Porque así escribía él, con la elegancia de las rosas era capaz de impregnar de exquisito olor las historias más frívolas y corruptas de los años 20. En su obra maestra, El Gran Gatsby, Scott nos hace testigos de la muerte del sueño americano. De la mano de Nick Carraway nos destapa la fachada del lujo, una pared frágil y aterciopelada que, desde su falsedad, solo encubría una sociedad rota. Una sociedad del espectáculo que ahogaba sus penas en trajes caros y conciertos de jazz. Una sociedad que una vez rota no supo reunir sus piezas.

Fue en ese entonces, debido a esta ruptura, a esta falsa sensación de libertad que se instauró tras la Primera Guerra Mundial, que un afianzado grupo de intelectuales americanos decidió abandonar su país y mudarse a París. Entre ellos el señor Fitzgerald.


Gertrude Stein en la película “Midnight in Paris”

Así es como nace, pues, la Generación Perdida: con un puñado de escritores desorientados que, tras los horrores de la guerra, decide huir a la cuna cultural de Europa con el fin de cultivar sus flores allí donde no pudiesen ser juzgados. Los jardines que se derivaron de este tiempo son infinitos. Cada uno se sentirá más o menos atraído por un olor u otro, en mi caso ese imán lo dirige Ernest Hemingway. Su jardín está lleno de lirios tigre y zapatitos de la virgen -unas orquídeas amarillas de labios rojos-, sus flores favoritas. Cada vez que me asomo a uno de sus libros, el olor de las flores inunda cada centímetro de mi cuerpo. Su alma, perturbada y llena de sensibilidad, me susurra verdades que hacen de mi campo un espacio más habitable.


Ernest Hemingway en la película “Midnight in Paris”

No creo que nuestra generación esté perdida, por lo menos no tanto como la de Hemingway. Lo que sí creo es que somos una generación que tiene mucho que decir, y, por ende, mucho que recordar. Qué bonito tener tantos predecesores a los que poder asistir y convertir en hogar cuando las preguntas nos invaden. Leer, en este camino, resulta esencial: es el primer paso de todo buen jardinero. Una vez tu campo es habitable cualquier flor puede crecer en él. En mi jardín, por ejemplo, han empezado a brotar unos pequeños girasoles.

Somos una nueva generación. Ya nos pondrán apellido más tarde. Hasta ese entonces:

No os olvidéis de escribir.

No nos olvidéis. No te olvides.                     

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