Una cena muy original: el desafío de Search y Pessoa

Fernando Pessoa nace en 1888, pero no lo hace solo. Junto a él, hasta otras cien personalidades emergen de su subconsciente. Sus famosos heterónimos caracterizan al que sería uno de los escritores más enigmáticos del siglo XX en Portugal. Aún jovencísimo, y con la máscara de Alexander Search puesta, escribe y publica en inglés Una cena muy original en el año 1907.

“- Caballeros – empezó herr Prosit- mi intención es invitarlos a una cena, me atrevería a asegurar, como nunca antes hayan conocido. Mi invitación constituye también un desafío”. De este modo, el presidente de la Sociedad Gastronómica de Berlín hacía una invitación al resto de sus miembros. Una invitación irrechazable que ponía en jaque la inteligencia y la astucia de los invitados. Mientras que algunos reflexionaban sobre de qué forma herr Prosit trataría de sorprenderles esta vez, otros, por el contrario, se afanaban en desentrañar los motivos de tanto misterio, asegurando que de esta forma sería mucho más sencillo descifrar el desafío. Lo que ni los primeros ni los segundos se imaginaban es que lo que pasaría es esa cena acabaría por cambiar sus vidas para siempre.

Fernando Pessoa

Pessoa demuestra con este corto relato que su obra va mucho más allá de la poesía por la que tanto se le conoce en la actualidad. De hecho, esta es solo una de las evidencias de su prolificidad. En la Biblioteca Nacional de Lisboa se encuentra un baúl con más de 25.000 documentos guardados por el autor sin ningún tipo de orden. Poesía, teatro, cartas y hasta textos de un cariz más filosófico se encuentran escritos en hojas de papel, servilletas, sobres y hasta en el interior de otros libros.

Dejando a un lado el desorden y la diversidad de formato, nos topamos con la cuestión de la multiplicidad de autores, los heterónimos, surgiendo la pregunta: ¿quién era de verdad Pessoa? ¿Cuánto de él había en sus heterónimos? Este complejo puzzle lleva años siendo estudiado y parece que todavía queda mucho por descubrir.

Tenía solamente cinco años cuando murió su padre, y ocho cuando se madre se volvió a casar con el Cónsul de Portugal y se vio obligado a ir a vivir a Durban, Sudáfrica. Habiendo empezado a escribir con seis años, el cambio de continente y la educación inglesa allí recibida estimularon su imaginación, permitiéndole imaginar no solo nuevas historias, sino también los personajes que las escribían. Así nacen una especie de alter-egos. Chevalier Le Pas, Ricardo Reis o Álvaro de Campos son algunos de los más relevantes. De ellos se llegó a inventar su biografía, su ideología política, sus profesiones e incluso les daba una fecha de muerte determinada. De este modo vuelve a Portugal y, tras haber intentado abrir un negocio con la herencia de su abuela, se asienta como traductor y crítico en pequeñas revistas literarias, en las que comienza a jugar en público con sus ya llamados heterónimos. Críticas firmadas por uno de ellos sobre las obras de algún otro eran frecuentes. Incluso el propio Pessoa tomaba el papel de agente y pedía perdón a los editores por los retrasos en los que Reis o de Campos podrían haber incurrido.

Eso no quita que Pessoa fuese un hombre sin igual. Con sus famosas gafas redondas y su bigote recortado, su imagen queda grabada en la retina de cualquiera, sin sospechar que detrás de ella existían otras cien. Por desgracia, el aguardiente era otro de los distintivos que lo llevó a una temprana muerte en 1935 de una cirrosis hepática. Tras él, deja uno de los legados literarios más ricos de Europa, destacando Mensajes (1934), una colección de poemas inspirados en la historia portuguesa; y El Libro del desasosiego, su obra maestra jamás acabada. Tras haberla empezado a escribir en 1913 como diario y hasta su muerte, incluye aforismos, textos poéticos, ensayos y reflexiones de uno de sus heterónimos, Bernardo Soares.

Editada y reeditada, ampliada y reducida, fue armada por primera vez en los 80 y todavía existen discrepancias en torno a su estructura. Parece que Pessoa, dejando este misterio para los estudiosos de su figura, homenajea a herr Prosit dejando un desafío quizás más difícil de descifrar, pero seguro que también con un brillante final.

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