Vertebrando Europa

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.


Antonio Machado

¿De dónde viene Europa? ¿Por qué nos sentimos europeos? ¿En qué momento y por qué motivos los ciudadanos de esta región del mundo empezaron a sentirse miembros de un todo superior a ellos mismos y a sus diferencias?

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Hay momentos estelares a lo largo de la Historia de la Humanidad en los que se producen fenómenos que causan un absoluto cambio de paradigma. Momentos que son tan decisivos que influenciarán irremediablemente el futuro de las personas protagonistas. Desde un cambio en la forma de pensar, hasta una nueva forma de vida. Fue así precisamente cómo se creó el sentimiento europeo que hoy en día tenemos tan arraigado a nosotros mismos.

En el siglo IX d.C., en plena Alta Edad Media, un pastor caminaba por los campos gallegos cuando le pareció divisar una estrella. Curioso, comenzó a seguirla, sin saber que estaría a punto de hacer uno de los descubrimientos más relevantes de la época. Se presentó ante él la tumba del Apóstol Santiago, que, según la tradición, habría llegado a las costas gallegas de forma milagrosa en una barca de piedra tras sufrir su martirio en Jerusalén. El pastor decide acudir a Teodomiro, sacerdote de Iria Flavia, quien manda fundar sobre los restos lo que sería la primera versión de la Catedral de ese campo estrellado, ese Campo Stellae: Santiago de Compostela.

La nueva población se convierte, junto a Roma y Jerusalén, en uno de los centros espirituales del mundo cristiano. Tanto fue así que devendría un nuevo destino para peregrinos de todo el continente. Desde Francia o desde el sur de España se establecieron dos de las rutas más famosas. Rutas en las que se desarrollaba una completa infraestructura de hospitales, posadas, y caminos, en los que los peregrinos se diferenciaban cosiendo una concha a sus ropas. Pero no era tarea fácil. Las enfermedades, los animales, o los ladrones podían acabar contigo antes de que llegases a tu ansiado destino. Pese a todo ello, merecía la pena. El premio para aquel que podía justificar haber completado el Camino era una indulgencia, perdonándole todos sus pecados. Tras conseguirlo, se decía, el peregrino debía continuar hasta Finisterre, quemar sus ropajes y bañarse al amanecer. De este modo, terminaba su purificación y el proceso iniciado al originalmente aventurarse a salir de su casa.

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¿Qué ocurre cuando tanta gente de sitios tan remotos y lejanos se juntan en una misma aventura? A través del Camino se propagaron las corrientes artísticas, culturales y sociales de cada lugar. Se compartieron historias, leyendas, ideas, e incluso técnicas. El propio románico o el gótico son claros ejemplos de ello. Todo pese a no existir un idioma común: Europa surgió de un entendimiento que no se basaba en la lengua. Se desarrolló un sentimiento de unidad pese a las diferencias, porque se descubrieron elementos comunes más importantes (Europa y la Cristiandad). En definitiva: se formó una identidad que alimentó nuestra cosmovisión.

En 1987, a raíz de una iniciativa de la asociación estudiantil AEGEE Europe, surgió lo que hoy conocemos como programa Erasmus+. Estudiantes de toda Europa reciben ayudas para poder ir a estudiar al extranjero. Lo que antes era accesible a muy pocos, ahora se convierte en una posibilidad real para gran parte de los estudiantes universitarios de nuestro continente. Para muchos, la primera y única oportunidad de vivir en el extranjero.

A menudo, cuando un joven siempre ha vivido en la misma ciudad posee una visión limitada del mundo. Es consciente de la existencia de realidades muy distintas, pero no las ha asimilado. Por ello, cuando ese joven sale de su zona de confort y se enfrenta a lo desconocido, experimenta generalmente dos etapas: el miedo inicial a aquello que le es ajeno y que no comprende y, posteriormente, la tranquilidad de haber descubierto tu hogar a miles de kilómetros de distancia, aunque el idioma, la comida o la ciudad no sean las propias. Porque, en el fondo, no somos tan diferentes. Compartimos una forma de ver el mundo que vamos alimentando gracias a estos intercambios, contribuyendo todavía más al desarrollo de nuestra cultura común.

A día de hoy, el programa Erasmus+ se considera una de las medidas con más éxito de la Unión Europea, habiendo creado una nueva dosis de ese alimento necesario para nuestra identidad común. Una identidad que ahora se pone en jaque con las tendencias digamos diferencialistas que emergen en su territorio. Sin embargo, si los jóvenes siguen aventurándose a realizar programas Erasmus+, podemos decir con seguridad que siempre existirá un sector de la sociedad consciente de lo afortunados que somos por vivir en Europa, por ser europeos, y por poder disfrutar de las oportunidades que se nos ofrecen.

Hay momentos estelares a lo largo de la Historia de la Humanidad en los que se producen fenómenos que causan un absoluto cambio de paradigma. Digamos que, como la propia Europa, teniendo tantos aspectos en común como elementos diferenciadores, el Camino de Santiago y el programa Erasmus+ han vertebrado Europa. De formas muy diferentes, adaptados cada una a la realidad de la época, han sido verdaderas revoluciones. De esas que no son frecuentes pero que, cuando ocurren, dejan huella. Huella de peregrino. Huella de estudiante pisando su nuevo destino.

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