El no-regreso del soldado Escrito por: Juan Rubio Olazabal

La figura del soldado que regresa al hogar conforma un auténtico leitmotiv a lo largo de la historia de la narrativa occidental. Desde el Ulises de Homero al Travis Bickle (Taxi Driver) de Scorsese, podemos encontrar numerosos ejemplos de este arquetipo literario. La serie The Americans y la película Zero Dark Thirty muestran cómo el fenómeno de la guerra moderna (la guerra fría y el terrorismo internacional islamista) trastoca algunos de los conceptos nucleares de la temática del retorno del soldado al hogar.

La temática del retorno a casa del combatiente va ligada a una concepción “tradicional” del hecho bélico que encontramos en prácticamente todas las guerras hasta el Vietnam. Es decir: un enfrentamiento militar en un espacio delimitado con el consiguiente desplazamiento de fuerzas armadas (y un eventual esfuerzo de guerra por parte de la retaguardia social desde de la Primera Guerra Mundial).

Sin embargo, a partir de la guerra fría el conflicto militar se vuelve imposible de delimitar desde el punto de vista del espacio y del tiempo. El campo de batalla se desubica y se traslada a todas las facetas de la vida social (política, comunicación, cultura) pasando a depender casi al 100% del espionaje.  Esto se acentúa aún más en el caso de la lucha contra el terrorismo islámico en el siglo XXI, de tal forma que esta nueva concepción de la guerra como un escenario sin un principio ni un fin definidos, ni un rostro visible del enemigo, exige un replanteamiento de algunas de las líneas de pensamiento fundamentales en torno a la figura del soldado que regresa al hogar.

Identidad del soldado, sentimiento de traición, incomunicabilidad… Todos estos temas reciben un novedoso tratamiento en algunas de las series y películas actuales.

Guerra estática: domesticación del conflicto

The Americans presenta un argumento dramático en el que la relación entre el soldado y su hogar resulta de lo más sugerente. Hablamos de dos jóvenes agentes del KGB que en plena ‘guerra fría’ son enviados a Norteamérica para infiltrarse como un matrimonio de clase media. Valla blanca, césped limpio e incluso hijos: una familia normal y corriente. Esto significa que su tapadera, y por lo tanto su campo de batalla, es el propio hogar.  A partir del primer capítulo se empieza a observar una gran tensión entre la fidelidad a la patriótica misión y la protección de la familia (los niños han nacido y crecido como estadounidenses y no saben nada). Podríamos afirmar, por tanto, que aquí los soldados no abandonan su hogar esperando regresar algún día sino que directamente lo sustituyen por uno nuevo que, a su vez, permite alargar el clima de guerra indefinidamente.

Esta doble vida como estrategia de guerra también acarrea una serie de consecuencias en la identidad del soldado. Si después de la Odisea o del Vietnam el combatiente encuentra dificultades para volver a ser él mismo en el seno de su comunidad y para que los suyos le reconozcan como tal, ¿qué podemos decir en el caso de unos espías infiltrados que han echado raíces en las entrañas del propio enemigo? El trastorno de la identidad, aquí, alcanza su paroxismo; no se puede hablar propiamente de un comienzo ni de un posible retorno de la guerra pues esta, al tener la vida familiar y cotidiana como escenario natural, es una constante. Desde el punto de vista psicológico, podríamos decir que la última trinchera es la propia mente del soldado puesto que éste vive en un estado perpetuo de alerta.

En cuanto a la incomunicabilidad y al sentimiento de traición -la falta de reconocimiento por parte de la sociedad civil y la irresponsabilidad de los mandatarios que los enviaron a la guerra-, The Americans lleva al soldado a una situación límite. El espía no puede compartir con nadie su verdadera identidad y la tentación de pasarse al bando contrario para salvar a la familia siempre asoma en el horizonte.

En definitiva, las características propias de la guerra fría empujan al soldado a un punto de no retorno en el cual se ve obligado a adoptar el conflicto como estado ordinario de las cosas y, aún más, como núcleo de su vida íntima. Este soldado ya no puede volver de la batalla, porque la guerra se ha convertido en su nuevo hogar y su `yo’ anterior ha desaparecido.

Guerra exorcista: victoria estéril

Zero Dark Thirty también plantea la imposibilidad del retorno del soldado a su hogar. En este caso el contexto cambia: caza y captura de Bin Laden. Lucha contra el terrorismo islamista internacional.

La película escoge un punto de vista de lo más evocador: a través de un personaje ficticio que dedica 11 años de su vida a la tarea de perseguir al terrorista saudí, nos introduce en la necesidad obsesiva del pueblo estadounidense de acabar con el fantasma del 11-S. Aquí la guerra adquiere una dimensión de rito exorcista, de ceremonia para la liberación espiritual de la sociedad occidental en su conjunto. De este modo, el destino del soldado queda directamente ligado al de la sociedad en nombre de la cual marcha a la guerra. Sin embargo, tal y como se nos retrata en el filme, la victoria final no aporta la paz ansiada. Así lo muestra la escena final en la que la agente responsable de la exitosa misión se encuentra absolutamente desorientada. Sólo puede llorar y sentirse vacía. La venganza ha sido consumada y la guerra ganada, pero la herida no cierra. (Resulta llamativo que una película con un estilo tan documental, virtudes periodísticas al margen, albergue uno de sus mayores valores en haber sabido captar -o en haberlo intentado- el sentir de toda una sociedad).

Estamos ante un intento frustrado por recomponer los pedazos rotos de la identidad de una nación y, por extensión, del propio soldado. De este modo, Zero Dark Thirty retrata el viaje de la venganza como un camino a ninguna parte que imposibilita cualquier intento de regreso al hogar. Además, también podemos adivinar una gran barrera de incomunicabilidad que se interpondrá entre el soldado y la población civil: mientras ésta le aclamará como a un héroe, él jamás podrá confesar que el éxito de la misión está vacío de sentido.

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