Schuman, no te defraudaremos Escrito por: Esther Lence (estudiante de Periodismo + RRII en la UFV)

Sé que no hay que pararse a pensar en lo que otros opinan de ti. Es una lección que todos tenemos aprendida. Pero muy pocos cumplen y, por ello, no puedo evitar preguntarme qué pensará Robert Schuman del grupo de 16 que en mayo llegó en su nombre a la capital de su tan amada Unión Europea, Bruselas.

Todo comenzó con una pregunta: ¿quién es Europa? Todos intentamos encontrar aquella persona que mejor representara lo que para nosotros es el continente, pero la primera idea que a todos se nos venía a la cabeza no se alejaba demasiado del concepto de la Unión Europea. Por ello, adquirió tanto sentido en nuestra cabeza el vernos sentados en una de las salas del Parlamento Europeo mientras escuchábamos la explicación sobre su funcionamiento y formación, el posterior análisis de Europa viajando desde las Guerras Mundiales hasta la actualidad de voz de Ramón Jáuregui o la concreción del funcionamiento de la organización en el mercado digital. Todo ello tenía el más pleno sentido porque para ello habíamos ido, ¿no? Pero más lógica adquirió aún cuando esta actividad fue la última del viaje.

Me he dado cuenta de que la Unión Europea no es la organización exenta a nuestras vidas que imaginamos, que únicamente concebimos como útil al ser medio para nuestro bienestar y garantía de nuestros derechos. La Unión Europea es un grupo de 18 europeos + 1 (con un húngaro, dos italianos y 15 españoles, más una argentina) discutiendo en la sede de la European College Association (EuCA) sobre el funcionamiento político, económico y cultural de la Unión, sobre el deber ser una federación o no, sobre nuestro sistema educativo y su implicación en asuntos continentales, sobre la cesión de soberanía, sobre políticas fiscales comunes, sobre la hipocresía de los estados miembro en relación a los valores pactados, sobre la identidad europea.

Y me he dado cuenta de que ni siquiera la Unión Europea es eso. Éramos nosotros sentados en una cafetería escuchando a un testigo de la representación permanente de España en la OTAN, nuestras preguntas buscando conocer los entresijos de la organización y los efectos en nuestras vidas. Y, más aún, éramos nosotros encontrándonos, con una cerveza en medio, con un teniente coronel del Ejército de Tierra de España representante de nuestro país ante el Comité Militar de la Unión que nos escuchaba y solucionaba nuestras dudas pero también nos valoraba y nos hacía saber que nuestras opiniones importaban. Nos demostró que el patriotismo y el sentimiento de pertenencia europea no son contradictorios y nos confirmó que la Unión Europea tiene muchas flaquezas, a la vez que se aseguraba de que comprendiéramos que el futuro de la misma está en nuestras manos.

La Unión Europea fuimos nosotros conversando con Europa, como dice mi amiga y compañera Nicole, en el museo sobre su historia en Bruselas. Nosotros abrimos los ojos y los oídos y volvimos a acoger aquello que llevamos años escuchando en el colegio y en la universidad pero esta vez como un todo y con un himno que lo unificaba y que nos causaba el sentimiento de alegría de aquel que siente orgullo de lo suyo. Digo orgullo porque Europa no nos quiso ocultar los años más oscuros de su biografía que los hombres habían creado y permitido, sino que nos lo mostró y, de seguido, nos demostró la superación ante aquellos años, llegando hasta lo que hoy es Europa, hasta lo que hoy somos.

Pero sobre todo me descubrí siendo Unión Europea con mis amigos cuando nos vimos sentados en una taberna de Gante comiendo estofado, salchichas y kilos de patatas refritas. Ese descubrimiento fue creciendo conforme pasaba el día y nos acercábamos a cada esquina de Gante para observar de cerca su historia, acompañados por un paisano catalán que completó nuestro pintoresco grupo proveniente de cada punto de nuestra península. La Unión Europea fuimos nosotros cuando descubrimos la Grand Place de Bruselas y nos comimos un gofre bañado de chocolate belga en ella, y lo fuimos cuando disfrutamos de uno de los atardeceres más bonitos que jamás he visto: ¿para qué quiero un cielo multicolor en una playa caribeña cuando tengo uno que viene pintado con el perfil de los edificios belgas?

 
Llegamos a la cervecería más típica de la ciudad para hacer lo propio, para beber cerveza, que no es que en España no sea buena, pero la centroeuropea tiene una magia innegable. En esa taberna, en Delirium, hablamos, reímos y nos vimos rodeados de personas de lo más dispares pero que no se nos hacían ajenas. Aquella noche decidimos irnos al hotel dos horas más tarde de lo previsto pero qué más daba cuando estábamos en Bruselas. Llegamos a la Grand Place en nuestro camino de vuelta y nos sentamos porque la gente así estaba allí y nosotros tampoco éramos ajenos a ellos. Así que rodeados por las paredes doradas del corazón de Bruselas cantamos y bailamos y disfrutamos con los que se nos unían o al menos les hacíamos sonreír. Entonces, aquella noche, de vuelta al hotel, cantando con mis amigos, sentí que verdaderamente nosotros éramos la Unión Europea.

¡Cuánta razón tenía nuestro ponente al decirnos que nosotros somos el futuro de la Unión Europea! Y qué poco nos damos cuenta. Me cuesta creer, porque aún no conozco a nadie básicamente, que alguien esté en contra por completo de la Unión. ¿“No estoy en contra de la Unión Europea pero hay cosas que cambiaría porque no me convencen”? ¡Bienvenido al club! ¡Ya somos… todos!

Gracias a Schuman, nosotros nos pudimos acercar a abrazar el proyecto europeo desde dentro: parece que todavía sigue intercediendo por este. Nosotros nos subimos a sus hombros de gigante para ver más allá y así lo conseguimos. Creo que Schuman pensaría que menos queja y exigencias y más hacer algo por convertir nuestro proyecto de Unión Europea en una realidad. Creo que Schuman estaría orgulloso de nosotros, de adentrarnos en el Parlamento Europeo también, pero sobre todo de descubrir el verdadero sentimiento europeo en plenas calles empedradas que configuran Europa desde sus orígenes.

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